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Materiales tema 3: Sistemas productivos locales

por David Flores y María de la O Barroso Última modificación 25/03/2010 20:16
Colaboradores: UNIA
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Materiales de estudio de la unidad didáctica 3: Sistemas productivos locales

III.1. INTRODUCCIÓN

En esta Unidad Didáctica se tratan los diferentes enfoques desde los cuales pueden analizarse la competitividad, prestando especial atención al enfoque territorial. Para lo cual se analiza el concepto de sistemas productivos locales. No en vano, es sobre este enfoque sobre el que descansa la teoría de desarrollo local, tal y como se ha apuntado en la Unidad Didáctica 2. De tal formar, que el impulso y fomento de la mejora competitiva de los sistemas productivos locales se configuran como una de las principales estrategias sobre las que basar los procesos de desarrollo local.

 

III.2. ENFOQUES DE ANÁLISIS DE LA COMPETENCIA

El análisis de la competitividad de los territorios ha sido abordado tradicionalmente desde las teorías macroeconómicas del comercio internacional, las cuales han recurrido de forma exclusiva a un reducido grupo de factores, externos a la empresa, para explicar el éxito de los países en el comercio internacional de determinados productos. Sin embargo, la dirección estratégica puede representar una importante aportación para ayudar a comprender cuáles son las causas de éxito de un territorio en una actividad económica determinada mediante la utilización de sus conceptos y teorías. De tal forma, que es éste el enfoque -enfoque estratégico- bajo el cual comienza a abordarse los análisis de la competitividad a partir de la década de los ochenta cuando ésta comienza a intensificarse y aparece el enfoque del desarrollo local.

El cambio del enfoque macroeconómico al estratégico en el análisis de la competencia vino unido al cambio experimentado por el entorno competitivo al pasarse en la década de los 70-80 de un entorno más o menos estable, donde la competencia no era tan intensa, a un entorno en el que, sobre todo a partir de las dos graves crisis económicas internacionales vividas en la década de los setenta, la competencia se hace mucho más intensa, dinámica y, por consiguiente, más compleja. A partir de este período, tal y como se recogió en la Unidad Didáctica 1, comienza a intensificarse la última etapa de la globalización, adquiriendo, al mismo tiempo, una mayor importancia los territorios.

Por tanto, puede afirmarse que nos encontramos ante un entorno globalizado que experimenta una creciente turbulencia y complejidad, por lo que la teoría de la ventaja comparativa, apoyada en la simple ventaja de costes, cada vez es menos válida para explicar el fenómeno de la competencia, pues cada vez se ajusta menos a la realidad actual. Por tanto, frente a este enfoque teórico de la competencia basado en la economía neoclásica, fundamentado en un análisis estático y corto plazo, el cual no tiene en cuenta el entorno cada día más complejo y dinámico, surge el enfoque estratégico, en el que el largo plazo y el entorno dinámico y complejo son sus únicas variables constantes.

No obstante, el análisis de la competencia bajo el enfoque estratégico ha sido abordado desde diferentes unidades económicas, en función del grupo de factores sobre los cuales más se incide. Estas unidades económicas son las siguientes:

  • La empresa: nos encontramos ante un enfoque empresarial cuando se considera a la empresa como centro del análisis de la competencia, asignándole, por tanto, una mayor importancia a los factores internos de las mismas.
  • El sector: cuando se considera esta unidad de análisis se le concede una mayor importancia al grupo de factores que se encuentran en el entorno inmediato en el que compiten las empresas, es decir, en la industria o sector. De tal forma que este grupo de factores, los cuales vienen dados por las características estructurales de las industrias donde compiten las empresas, van a determinar las estrategias implementadas por éstas, y, por tanto, su competitividad, así como la competitividad de los territorios donde se localizan.
  • El territorio: con esta unidad de análisis se le concede especial importancia al grupo de factores que se encuentran en el entorno -territorio- donde se localizan las empresas, situándonos ante un enfoque estratégico territorial. No obstante, esta unidad permite integrar, dentro de un mismo marco teórico, todas las unidades de análisis que venimos considerando -país, sector y empresa-.

Como consecuencia de esta multiplicidad de unidades objeto de análisis y perspectivas, es habitual afrontar la definición de competitividad tanto desde una óptica macroeconómica –país o territorio- como desde una óptica microeconómica -empresas-.

De esta forma, desde la óptica macroeconómica se han ofrecido una gran cantidad de definiciones de competitividad, si bien todas ellas comparten la idea de que la competitividad es la clave para la prosperidad nacional, ya que una de sus principales consecuencias es el aumento del nivel de vida de la población local -unidad país o territorio-. En este sentido, se manifiesta la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) al definirla como el grado en que un país puede, bajo condiciones de mercado libre e igualitarias, producir bienes y servicios que superan las pruebas de los mercados internacionales, al mismo tiempo que mantienen y aumentan los ingresos reales de sus habitantes a lo largo del tiempo (OCDE, 1994).

Por su parte, desde la perspectiva microeconómica la competitividad se concibe como un fenómeno eminentemente empresarial -unidad empresa-, de tal forma que ésta se mide a través de su capacidad para mantenerse en el mercado, para garantizar la rentabilidad de sus inversiones y para generar futuros puestos de trabajo.

Si variables tales como las ventas, los beneficios, la rentabilidad, la productividad, etc., son magnitudes generadas exclusivamente por las empresas, los distintos enfoques -en función de las unidades de análisis- difieren en la importancia que le confieren a los distintos factores que explican los valores que toman cada una de estas magnitudes entre las empresas. Por consiguiente, la explicación del éxito empresarial va a venir dada, según los enfoques, por diferentes tipos o grupos de factores, los cuales pueden encontrarse tanto en el interior de las propias empresas como en el sector o territorios en los que éstas se localizan.

 

III.2.1. El sector como unidad de análisis estratégico de la competencia

Si el enfoque macroeconómico, basado en la ventaja comparativa, centra su atención en el análisis de aquellos factores básicos -materia prima, mano de obra barata, etc.- que se encuentran en el territorio donde se localizan las empresas como principales variables determinantes de su competitividad, el enfoque sectorial se detiene en el análisis de aquellos factores que se sitúan en el interior de los sectores productivos en los que operan las empresas, denominado entorno inmediato o entorno competitivo.

Este enfoque supone que los factores claves de la competitividad  de las empresas se distribuyen de forma homogénea en el interior de un sector o industria y de forma heterogénea entre industrias. De esta forma, los beneficios de las industrias difieren entre sí, lo cual significa que las oportunidades de éxito o fracaso de las empresas están condicionadas por el sector o industrias al que pertenecen, por lo que el éxito empresarial va a venir vinculado a las características del sector en el que operan las empresas.

Por tanto, el enfoque sectorial en vez de centrarse en el análisis de las características del entorno general en el que se localizan las empresas -país o territorio- lo hace en el análisis de las características del entorno específico o inmediato en el que éstas compiten -poder negociador de los proveedores y clientes, competidores actuales, competidores potenciales y productos sustitutivos-, es decir, en el análisis de las características del sector o industria. Este enfoque queda desarrollado, fundamentalmente, por la Teoría Contingente de la Estrategia que Porter elabora en la década de los ochenta, la cual pasamos a comentar.

El núcleo de la Teoría Contingente está formado por los estudios de Porter (1980), basados en la Teoría de la Ventaja Competitiva. Esta teoría entra dentro del enfoque estratégico, pues concede a la empresa la capacidad de responder a su entorno competitivo más inmediato mediante el desarrollo de estrategias para defender o mejorar su posición en el mercado, por lo que, a diferencia de lo que ocurría en el enfoque macroeconómico, se empieza a considerar a la empresa como un agente activo que diseña sus propias estrategias ante la dinámica del entorno competitivo en el que desempeña su actividad.

No obstante, al igual que la teoría de la ventaja comparativa, sigue poniendo el énfasis en aspectos externos a la propia empresa, en este caso en el entorno inmediato -sector o industria en el que opera-, ya que la actuación de la misma va a venir marcada por las características estructurales de ese entorno específico, tomando como referente el paradigma Estructura-Conducta-Resultados, sobre el cual se esconde la hipótesis básica de esta teoría: la competitividad de cierta industria o sector de actividad, medida por sus resultados económicos, viene dada por las características estructurales de sus mercados. De esta forma, la visión global de este análisis competitivo se centra en un minucioso estudio de los procesos competitivos de un negocio concreto, con objeto de descubrir los principales elementos de la posición competitiva, así como las fortalezas de las empresas que compiten en el sector.

El análisis de los componentes del entorno específico que afectan a un negocio en su ámbito inmediato de competencia ha sido ampliamente tratado por la Economía Industrial. Sin embargo, como hemos apuntado anteriormente, es a partir del éxito de los trabajos de Porter (1980) cuando se determina, de una forma estructural y sistémica, todos los factores que conforman e inciden en ese entorno específico sectorial, analizándose, a partir de ellos, las posibles implicaciones que tienen en los niveles de competencia interna de un determinado sector o subsector, y, por tanto, en el diseño de las estrategias competitivas de cada una de las empresas que lo integran.

Estos factores del entorno específico se recogen en el modelo de las Cinco Fuerzas Competitivas de Porter, en el cual se incluyen, como aparece reflejado en el gráfico 1, tres elementos de competencia horizontal -la existencia o amenaza de productos sustitutivos, la entrada de potenciales nuevos competidores y la propia rivalidad de las empresas ya establecidas-, y dos fuentes de competencia vertical -los poderes de negociación frente a proveedores y frente a clientes-, las cuales influyen en la rivalidad o intensidad de la competencia en la industria o sector, determinando, por consiguiente, su grado de atractivo.

 

Gráfico 1. Fuerzas que mueven la competencia en un sector según la Teoría Contingente.

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Fuente: Porter (1980).

 

Por tanto, todas y cada una de estas fuerzas perfilan un marco de elementos que inciden, tanto en el comportamiento y resultados de la empresa, como, a su vez, en los posibles desarrollos estratégicos. Tales desarrollos serán imprescindibles en la búsqueda y configuración de posibles ventajas competitivas para las empresas que se inscriben en una determinada industria o sector; de ahí la importancia del análisis lo más desagregado posible de estos sectores, ya que ello va a permitir una mejor identificación de las fuentes de ventaja competitiva de las empresas en los mismos.

Bajo este análisis sectorial de la competencia, el objetivo de la estrategia competitiva de las empresas de un sector industrial es encontrar una posición en dicho sector en el cual puedan defenderse mejor contra las cinco fuerzas competitivas o puedan inclinarlas a su favor. Para ello, es imprescindible analizar previamente cuáles son las características específicas que presentan cada unas de estas fuerzas en las diferentes industrias, ya que, tal y como hemos apuntado, esta teoría parte del paradigma Estructura-Conducta-Resultados, según la cual, la competitividad de las empresas de cierta industria o sector de actividad, medida por sus resultados económicos, viene dada, en gran parte, por las características estructurales de sus mercados.

 

II.2.2. La empresa como unidad de análisis estratégico de la competencia

A diferencia de los enfoques macroeconómico y estratégico sectorial, centrados en el análisis de factores externos a las empresas, el enfoque empresarial pone su énfasis en el análisis de los factores microeconómicos que se encuentran en el interior de las empresas, pues considera que si bien los factores macroeconómicos -entorno general- y sectoriales -entorno inmediato o específico- pueden influir en los beneficios de las empresas no son los que, en última instancia, los determinan. En este caso, tomando como unidad de análisis a las empresas, consideramos que los factores críticos de su éxito se encuentran, por tanto, en el interior de las mismas y no fuera de éstas. De tal forma que las empresas pasan a ser consideradas como agentes activos a la hora de determinar su competitividad y, por tanto, la competitividad de los territorios donde se localizan.

Así pues, mientras que en el enfoque macroeconómico el éxito de las empresas viene dado por las características de los factores básicos del país donde se localizan -entorno general-, y en el enfoque sectorial por las características estructurales del sector donde compiten -entorno inmediato-, en el enfoque empresarial viene dado por la estrategia que implemente las propias empresas, de tal forma que éstas se consideran como las unidades básicas a la hora de analizar la competencia.

Este enfoque teórico, por tanto, considera que la competitividad no es una cualidad que pueda atribuirse genéricamente a un país ni a un sector industrial, sino que una nación o una industria serán competitivos en la medida en que lo sean las empresas que acoge, de ahí que considere que la unidad económica fundamental para analizar la competitividad es la empresa. En este sentido, debe añadirse que cuando se dice que un sector, o un país, es competitivo, lo que se quiere indicar es que la mayoría -o algo similar a la media- de las empresas que operan en dicho sector, o tienen nacionalidad común, tienen un alto grado de competitividad relativa.

En el campo estratégico existe un cierto consenso por considerar a los niveles más desagregados como los que permiten explicar con mayor profundidad las causas de la competitividad empresarial. Así pues, el estudio interno de la empresa y dentro de ella, los recursos distintivos, no sólo los estáticos sino, sobre todo, la creación de rutinas o patrones de funcionamiento que sean capaces de activar las fortalezas de la empresa, han sido considerados como el análisis de referencia de la competitividad empresarial. Sin embargo, la concepción abierta de la organización empresarial y la permanencia de lazos con las otras organizaciones del entorno cercano, constituyen la ampliación natural del estudio que refleja las fronteras de la empresa individual y da cabida a las redes de relaciones interorganizativas.

Esta última concepción de la empresa abierta es desarrollada por la Teoría de la Empresa Ampliada, en la que no sólo se tiene en cuenta sus recursos y competencias internas, sino también el entorno inmediato y general en el que se pueden localizar otra serie de activos. Sin embargo, esta concepción de la empresa integrada en el territorio en el que se localiza debe ser estudiada tomando como unidad de análisis el propio territorio, enfoque analizado en el siguiente epígrafe. A continuación exponemos una de las teorías más importantes que desarrolla el enfoque estratégico empresarial de la competencia.

Teoría de los Recursos y Capacidades

Las últimas reflexiones teóricas sobre los factores que influyen en la competitividad de los territorios y de las empresas localizadas en los mismos, ante la observancia de una importante dispersión de los resultados entre empresas de un mismo sector y territorio, consideran que la fuente última de ventaja competitiva se encuentra en las propias características de las empresas, tomando a ésta, por consiguiente, como la unidad fundamental de análisis.

Por tanto, en contraposición con el enfoque macroeconómico de la teoría neoclásica del comercio internacional, que considera a la empresa como un agente pasivo de los mercados limitándose a combinar los inputs -recursos existentes en el territorio- bajo una técnica dada, el enfoque estratégico empresarial, considera a la empresa como un agente económico activo de cuya estrategia van a depender sus resultados, prestando especial atención, por tanto, al análisis interno de la empresa y al ajuste entre ésta y su entorno -teoría de la estrategia empresarial-.

No obstante, dentro del enfoque estratégico empresarial, a su vez, han ido apareciendo diversos modelos conceptuales de empresa y diversos enfoques sobre la construcción de una Teoría de la Estrategia, todos los cuales aportan luz al estudio de la organización y, por consiguiente, al análisis dispar de sus fuentes de ventaja competitiva. Un análisis dispar pero complementario, pues se centra en aspectos diversos y concretos que afectan a la competitividad de las empresas.

Sin embargo, como se apuntó anteriormente, la evidencia empírica de unas mayores diferencias de rentabilidad entre empresas pertenecientes a un mismo sector de actividad que entre empresas de sectores distintos hizo reflexionar sobre el grado de cumplimento de la teoría anterior -Teoría Contingente-, en la que se tomaba al sector como unidad de análisis, e introducir la hipótesis de que no es la estructura de los sectores la que condiciona las conductas y resultados de las empresas, sino que son los diferentes niveles de eficiencia de las empresas de un mismo sector los que determinan la existencia de niveles de rentabilidad diferentes.

Así pues, en la última mitad de la década de los ochenta, se observa un cambio de preocupaciones en la Teoría de la Empresa y de la Estrategia. Dentro de este nuevo enfoque destaca la Teoría de los Recursos y Capacidades, la cual entiende a la empresa como un ente heterogéneo, compuesto por un acervo idiosincrático y ordenado de recursos y capacidades necesarios para competir. Esta heterogeneidad de cada empresa podrá mantenerse a largo plazo, ya que estos recursos que pueden controlar no son perfectamente móviles y, por tanto, difíciles de ser apropiados por terceros. Por tanto, el elemento central de análisis y estudio para esta teoría es la dotación de recursos y capacidades, entendiendo por recursos, los stocks de factores disponibles, y por capacidades, las facultades de gestionar adecuadamente los recursos para realizar una determinada tarea dentro de la empresa.

Estos recursos, pueden ser clasificados en recursos tangibles, entre los que se encuentran los recursos físicos -maquinarias, inmuebles, elementos de transporte, etc.- y financieros -estructura financiera de la empresa que le permita acometer sus inversiones- y los recursos intangibles, los cuales constituyen la base de la ventaja competitiva de la empresa, pudiéndose clasificar, a su vez, en recursos humanos, recursos tecnológicos, reputación y recursos financieros.

Frente al análisis microeconómico estándar, que supone que los recursos son perfectamente divisibles y homogéneos y que no existen imperfecciones que limiten su movilidad, la Teoría de los Recursos y Capacidades supone el reconocimiento de las características de heterogeneidad y movilidad imperfecta de ciertos recursos constituye un factor clave en la explicación de las diferencias de competitividad y beneficios entre las empresas, e incluso de las diferencias persistentes entre éstas.

Por tanto, esta teoría desplaza los orígenes de la ventaja competitiva de la empresa desde el aprovechamiento de fallos del mercado a la asimetría inicial de recursos entre las mismas, fundamentalmente de corte cualitativo e intangible y de movilidad imperfecta. En este sentido, entre las características de estos recursos y capacidades intangibles destacan las siguientes: se basan en información que tienen los individuos que pertenecen a la empresa y que no pueden codificarse -conocimiento tácito-; al basarse en información, son susceptibles de múltiples usos de formas simultáneas; no suelen depreciarse sino que mejoran cuando se aplican y comparten; su proceso de creación y acumulación se dilata en el tiempo, siendo éste un factor fijo, por lo que duplicar los recursos y reducir el tiempo a la mitad no conduce al mismo resultado por los rendimientos marginales decreciente.

Aunque esta teoría se centra principalmente en los activos intangibles, tampoco sostiene que los activos tangibles carezcan de importancia para la competitividad empresarial, si bien es cierto que la posesión de activos físicos fácilmente transmisibles origina pocas ventajas competitivas sostenibles. Sin embargo, la clave en la eficiencia de la empresa, según esta teoría, parece no estar sólo en los recursos que posea sino en la forma en que pueda movilizarlos de manera integrada, es decir, en las capacidades desarrolladas.

Los recursos intangibles y las capacidades que los movilizan tienen como rasgo común sus formas de conocimiento con distinto grado de especificidad, codificabilidad y complejidad. De tal forma que la dificultad para su copia nace de razones físicas -localización-, temporales -prolongado período de tiempo para su acumulación-, informativas -ambigüedad causal o dificultad para identificar el recurso o la capacidad que genera la ventaja- o de indisociabilidad de otras competencias.

Esta teoría deriva en una nueva visión más avanzada de la empresa basada en el conocimiento, la cual considera que éste se encuentra disperso por toda la organización, es crecientemente específico y con un elevado componente tácito, dificultando, por tanto, su movilidad hacia otras empresas e incluso hacia otros niveles de las propias empresas, por lo que la principal línea de investigación dentro de esta perspectiva consiste en la determinación de aquellos rasgos del conocimiento con importantes implicaciones para la dirección de la empresa. No obstante, debe reconocerse que esta concepción de la empresa no deja ser más que una extensión de la Teoría de los Recursos y Capacidades al partir de los mismos supuestos. 

En definitiva, podemos decir que desde mediados de la década de los ochenta surge con fuerza esta nueva teoría competitiva de la empresa basada en un enfoque estratégico, según la cual toda empresa cuenta con una serie de recursos y capacidades, algunos de los cuales -aquellos que cumplen determinados requisitos tales como el ser escasos, relevantes, duraderos, no móviles y difícilmente imitables,- son las auténticas fuentes de ventajas competitivas. Y son los activos intangibles, en general y el conocimiento -recurso y capacidad a la vez-, en particular, los que mejor cumplen estos requisitos.

 

II.2.3. El territorio como unidad de análisis estratégico de la competencia

Este enfoque teórico de análisis estratégico de la competencia toma como unidad de análisis el territorio, si bien la diferencia respecto al enfoque macroeconómico la encontramos en que se basa en el concepto de ventaja competitiva, jugando un importante papel nuevas variables, tales como las instituciones -estructura institucional, política estatal, etc.-, los agentes sociales -sindicatos, consumidores y población local- y económicos -empresas- localizados en los territorios.

En este sentido, mientras que para el enfoque macroeconómico el territorio es un agente pasivo, para el estratégico se convierte en agente activo, en el cual se localizan instituciones, agentes sociales, económicos, etc. que influyen significativamente en la determinación de sus ventajas competitivas.

Ante la insuficiente capacidad explicativa que comenzaba a tener el enfoque macroeconómico neoclásico para explicar la competitividad de los territorios en determinadas actividades económicas, en la década de los setenta surge el enfoque estratégico, ya que el enfoque macroeconómico, ante los constantes cambios experimentados en el comercio internacional, empieza a encontrarse, entre otras, con una triple limitación:

  • Es un enfoque estático que, si bien puede presentar una buena fotografía de lo que ocurre o ha ocurrido en un momento dado, no facilita elementos de juicios de lo que puede ocurrir en el futuro, por lo que no explica la dinámica de la competencia internacional.
  • Es un enfoque que mira al pasado pero no al futuro, pues supone que los factores productivos no mejoran o se aprenden. De tal forma que se consideran dados y que se combinan bajo una determinada técnica también dada.
  • No considera el papel de la empresa, así como el de otros actores del territorio, en la competitividad internacional de los mismos, pues sólo tiene en cuenta los factores productivos disponibles sin profundizar en el análisis de cómo, con qué técnicas y tecnologías, se combinan estos.

 

Ante estas deficiencias, los estudios sobre la competitividad de los territorios se han ido desplazando desde el enfoque tradicional, que se centra básicamente en los resultados comerciales y sus determinantes más directos -tipos de cambio, costes y precios-, hacia otras consideraciones de carácter más estructural, vinculadas a la productividad y a sus factores explicativos.

En este sentido, haciendo referencia a la cuidad como unidad territorial de análisis, debe decirse que es importante abordar los temas críticos del desarrollo estratégico de los territorios para conseguir la mayor competitividad de los mismos en el contexto de competencia en que nos movemos a nivel internacional. De esta forma, es Estados Unidos -San Francisco-, en 1982, el primer territorio en plantear la incorporación de la metodología de planificación estratégica, aplicada desde la década de los veinte del siglo pasado en las empresas, a la planificación estratégica de un territorio para, de esta forma, responder a los retos planteados por el proceso de globalización.

En definitiva, podemos afirmar que las dos graves crisis económicas internacionales, vividas durante la década de los setenta, intensificadoras de la competencia, van a ocasionar un cambio de paradigma en el análisis territorial de la misma, de forma que, a partir de aquí, comienzan a desarrollarse diferentes teorías que, bajo un enfoque estratégico, se proponen abordar la competitividad internacional de los territorios, surgiendo en esta época la teoría del desarrollo local.


Teoría estructural de la competitividad de los territorios: un enfoque estratégico

En el presente apartado profundizamos en la teoría estructural de análisis de la competencia de los territorios, haciendo especial referencia a la teoría de los cúmulos y, como parte de ésta, al modelo teórico propuesto por Porter, uno de los más aplicado a este tipo de análisis. Desde este enfoque, los territorios, mediante las actuaciones de sus agentes políticos, sociales y económicos, van a tener un mayor protagonismo en el diseño de las estrategias competitivas y, por tanto, en el éxito competitivo de los mismos en determinadas actividades económicas, pues ya no están a expensas solamente de la dotación heredada de recursos básicos, tales como: mano de obra barata, recursos naturales, situación geográfica, etc.; de forma que el coste de los factores no va a ser el único elemento determinante de la competitividad de los mismos.

La teoría estructural de la competencia considera que la competitividad internacional es un fenómeno complejo en el que interaccionan gobiernos y empresas, y en que las dotaciones de factores productivos pueden llegar a ser irrelevantes, por lo que el centro de atención pasa, de considerar los factores productivos heredados -básicos-, a considerar aquellos factores productivos adquiridos -avanzados-.

Así pues, el planteamiento de la teoría estructural de la competencia parte de las siguientes consideraciones:

  • Las empresas no sólo compiten en precios sino que también lo hacen en aspectos  tales como la calidad de los productos, los servicios post ventas y, en general, utilizando diversos mecanismos para la diferenciación de sus productos y servicios.
  •  Esta teoría pretende incluir los procesos de creación, difusión y adaptación tecnológica, considerando de gran importancia las innovaciones tecnológicas, tanto radicales como incrementales.
  • Para esta teoría la competitividad de una nación o territorio no es el resultado únicamente de la competitividad de sus empresas, tal y como se supone desde el enfoque estratégico empresarial, anteriormente comentado, sino que factores organizativos, institucionales y supraempresariales -configuración del aparato productivo del territorio, interconexiones entre sectores y actividades económicas, la calidad de las relaciones entre agentes, la infraestructura física y tecnológica, etc.-, también influyen de forma significativa.

Por tanto, frente a los tipos de cambios nominal, a los costes, a los precios y a la rentabilidad relativa como factores determinantes de la competitividad de los territorios, la teoría estructural propone factores tales como: la dotación y utilización de los factores productivos -stocks de capital físico, tecnológico y humano-, la capacidad de innovar, la especialización productiva, la eficiencia en el funcionamiento de los mercados y las características de las organizaciones empresariales. En definitiva, todos estos factores se encuentran estrechamente ligados con la calidad de la formación y educación, así como a la existencia de un entorno institucional flexible que impulse su difusión por todo el sistema económico.

El modelo propuesto por Porter (1990), concretado en su libro La ventaja competitiva de las naciones, es considerado como referente a la hora de analizar la competitividad de los territorios desde un enfoque estratégico y estructural hasta el punto de haberse convertido en el marco más aceptado actualmente para explicar la competitividad internacional. Este modelo teórico se fundamenta en la teoría de los cúmulos o cluster, la cual pasamos a exponer. 

 

 La teoría de los cúmulos

La teoría de los cúmulos parte del supuesto de que la competencia internacional no se establece entre naciones, sino entre empresas que forman parte de clusters o cúmulos localizados, por regla general, en dimensiones territoriales inferiores a las que ocupan las naciones o países. Así pues, de esta forma, descendemos del nivel país a uno local más operativo, puesto que, en realidad, es en éste en el que la empresa lleva a cabo su actividad y el que constituye su entorno más próximo.

Los cúmulos pueden definirse, según Porter (1990), como concentraciones geográficas de empresas interconectadas, suministradores especializados, proveedores de servicios, empresas de sectores afines e instituciones conexas que compiten pero también cooperan. Por su parte, Becattini (1990) define el distrito industrial (concepto similar al de cluster) como una unidad socioterritorial que se caracteriza por la presencia interactiva de una comunidad de personas y de una población de empresas dentro de un área limitada, tanto histórica como naturalmente. Por tanto, podría decirse que un cluster se localiza en un territorio caracterizado por una misma realidad histórica, cultural y socioeconómica.

La presencia de los cúmulos o concentraciones de empresas nos conduce, por tanto, a pensar que buena parte de sus ventajas competitivas se encuentran fuera de éstas e incluso fuera de los sectores en los que los que operan. De forma que puede decirse que la existencia de una serie de ventajas localizadas en territorios concretos constituyen una de las principales causas por las que las empresas no se ubican de forma aleatoria en el espacio, sino que siguen patrones de localización homogéneos en sus decisiones de ubicación, como consecuencia de lo que la literatura ha denominado “efecto territorio” o  “ventaja territorio”.

Puede decirse que la “ventaja territorio” es un concepto más amplio que la “ventaja país”, pues aglutina a los otros tres tipos de ventajas  ya que, a demás del componente espacial, que recoge básicamente las variables país aunque en un ámbito más reducido, tienen un claro componente industrial y ayudan al desarrollo de ventajas competitivas en las empresas que se ubican en dicho territorio. De ahí la importancia que adquiere esta teoría en el estudio de la competitividad de los territorios desde un enfoque estratégico.

No obstante, la preocupación por este tipo de agrupamientos de empresas exitosas de ciertos sectores en cúmulos o clusters, más o menos definidos, no es reciente, puesto que Marshall (1890) ya se sentía atraído por el estudio de este tipo de concentración natural de ciertas empresas en determinados territorios, lo cual le lleva a incluir en su obra Principles of economics un capítulo en el que analizaba los factores externos de las áreas industriales especializadas.

Muchos trabajos, abordados desde diferentes enfoques y disciplinas, han reconocido la importancia del fenómeno de los cúmulos, arrojando alguna luz sobre los mismos. Entre la temática de estos estudios podemos citar las referidas a los polos de crecimiento y las conexiones con los eslabones anteriores y posteriores de la cadena, las economías de aglomeración, la geografía económica, la economía urbana y regional, los sistemas de innovación nacionales, la ciencia regional, los distritos industriales y las redes sociales. En todas estas áreas de estudio puede decirse que, de una u otra forma, se ha profundizado en el análisis de las economías externas, concepto sobre el que gira esta teoría de los cúmulos.

En períodos más recientes, el reencuentro con la noción mashalliana de “distrito industrial” se produce de la mano del profesor Giacomo Becattini al estudiar la industria italiana localizada en determinadas ciudades del Centro y Nordeste del país, constatándose que estos sistemas locales, en los que predominaba las pequeñas y medianas empresas industriales, presentaba una superior resistencia a la crisis económica general. Se trataba de estudiar las características de sus sistemas productivos y la lógica del proceso de industrialización.

La teoría de los cúmulos parte del reconocimiento de que, si en un primer momento las principales ventajas competitivas o economías externas de las empresas localizadas en determinados territorios venían dadas por la reducción de costes derivada por la proximidad a los factores de producción o a los mercados, con la mundialización de estos mercados, las mejoras tecnologías, el aumento de la movilidad y la consecuente reducción de los costes de comunicación y transportes, dichas ventajas han ido perdiendo toda la importancia que tenían anteriormente.

En esta concepción más amplia y dinámica de la competencia, en la que la productividad pasa a jugar un importante papel en la misma, aspectos tales como la capacidad de innovación de los territorios, la formación y cualificación de sus recursos humanos, las tecnologías disponibles y, en definitiva, toda una nueva serie de recursos o factores avanzados, entre los que destacan el conocimiento, son los que, en la actualidad, conforman las “ventajas territorios” existentes en determinadas zonas geográficas. De tal forma que la capacidad de atracción de un territorio ya no está en función de sus factores de localización -ventaja comparativa-, sino en su aptitud para crear recursos y procesos de innovación y mejora -ventaja competitiva- por parte de los agentes que se localizan en los mismos.

 

A continuación recogemos algunas de las principales aportaciones que la teoría de los cúmulos realiza al análisis de la competitividad estructural de los territorios:

- Dentro de esta teoría adquiere especial importancia el concepto de recursos compartidos, los cuales tienen un carácter público en el interior de los cúmulos, pero privado de cara a las empresas foráneas, posibilitando su consideración como fuente de ventaja competitiva para el conjunto de las empresas del cluster. Este concepto de recurso compartido ha sido heredado de la Teoría de los Recursos y Capacidades, si bien algunos recursos y capacidades en vez de ser considerados propios y específicos de cada empresa, son considerados propios y específicos de cada territorio.

- Para que estas empresas se aprovechen de la mejor forma posible de esos recursos localizados en los territorios se hace necesario que cooperen, ya que las empresas que se localicen en clusters y cooperen podrán competir no sólo en función de sus recursos individuales, sino también de aquellos otros que, no siendo propiedad exclusiva de éstas, pertenecen al sistema en el que se localizan. Esta coordinación no se consigue a través de la autoridad, sino a través del mecanismo competitivo de los precios y de la cooperación entre empresas.

-  La mayor parte de las empresas que forman parte de estos cúmulos son pequeñas y medianas empresas especializadas en una o unas cuantas fases y funciones de industrias concretas, configurándose, de esta forma, un modelo de industrialización difusa y de producción flexible, basado en la división del trabajo y adaptado a las exigencias y continuos cambios experimentados por la demanda. Esta forma de producir, como hemos comentado anteriormente, requiere una serie de mecanismos de coordinación -competencia y cooperación, fundamentalmente- entre las diferentes unidades productivas, haciendo que se formen redes de organizaciones, las cuales pueden ser definidas como asociaciones informales de empresas, geográficamente próximas, que buscan deliberadamente formas de colaboración para mejorar su ventaja competitiva en los mercados regionales, nacionales e internacionales.

-  Otras de las principales características de los clusters es el ambiente de innovación y aprendizaje que se crea en los territorios donde se localizan y, sobre todo, en aquellos donde adquieren una mayor profundidad y dimensión. En este sentido, nadie discute que la participación en redes, clusters y alianzas constituye un poderoso mecanismo de aprendizaje.

-  La evolución de los cúmulos en el tiempo se puede asemejar al ciclo de vida de los productos, pudiéndose distinguir en dicha evolución las fases de nacimiento, desarrollo y decadencia. El nacimiento de un cúmulo puede producirse por razones muy diversas -reservas de algunos factores, como trabajadores especializados, infraestructuras, expertos investigadores universitarios, ubicación física favorable, etc.- resultando éste, muchas veces, imprevisible, mientras que, por el contrario, las causas de su desarrollo o no desarrollo son más previsibles. Esta segunda fase suele durar décadas y, en algunos casos, incluso siglos. Por último, nos encontramos la fase de decadencia, cuyas causas pueden ser tanto endógenas, originarias de la propia ubicación, como exógenas, derivadas de los acontecimientos del exterior.

Una vez analizada, de forma somera, las principales características que definen la teoría de los cúmulos, clusters o distritos industriales, en el siguiente apartado recogemos uno de los modelos explicativos que, tal y como hemos apuntado anteriormente, más se ha venido aplicado desde la década de los noventa al análisis de la competencia de los territorios bajo un enfoque estratégico. Nos referimos al “diamante” de competitividad de Porter.

 

 La teoría de los cúmulos: el modelo del "diamante" de Porter

Porter, a partir de este modelo, pretende describir, de una forma ordenada, las fuentes de ventaja competitiva existentes en un territorio, que posibilitan el éxito internacional de sus empresas en determinados sectores productivos.

Para ello crea un modelo explicativo en el que se recogen, de una forma agrupada, los principales factores que posibilitan el éxito de los territorios y, por tanto, de sus empresas, en determinados subsectores económicos. Este modelo se encuadra dentro de la teoría de la competitividad estructural de los territorios, pues considera que su competitividad es un fenómeno complejo en el que interaccionan gran cantidad de factores -gobiernos, empresas, agentes sociales, etc.-, configurándose como el paradigma más completo para explicar el fenómeno de la competitividad internacional, sobre todo cuando lo hacemos desde un enfoque territorial.

En este sentido, esta teoría pretende ser lo más amplia posible e integrar muchas variables en lugar de centrarse solamente en unas pocas de las más importantes. Dichas variables son agrupadas en cuatro grandes grupos que se interrelacionan formando un sistema autoreforzante, denominado “diamante”, en el cual, el nivel que toman las variables van a depender, en mayor o menor medida, de los niveles que toman las variables del resto de los grupos. De esta forma, la interacción de la ventaja en muchos determinantes produce beneficios autoreforzantes que son extremadamente difíciles de anular o imitar por parte de los rivales extranjeros. A estos cuatro grupos de variables se les une otros dos más, el gobierno y la causalidad. Estos grupos de factores son comentados brevemente a continuación.

 

Condiciones de los factores

Dentro de este grupo se localizan todos los factores de producción localizados en el territorio. Para Porter, los factores más importantes para la ventaja competitiva en la mayoría de los sectores no son aquellos que se heredan, es decir, los factores básicos -abundante mano de obra, recursos naturales, recursos financieros, etc.-, sino los que se crean en el territorio -factores avanzados o especializados, tales como: mano de obra cualificada, nuevas tecnologías, etc.-. Es más, la abundancia de los primeros pueden minar, más que mejorar, la ventaja competitiva. Así, mientras que los factores básicos, los cuales van perdiendo importancia en la competitividad de los territorios, se heredan o requieren una menor inversión, los avanzados necesitan una inversión mayor, y constante en el tiempo, pues necesitan ser actualizados.

 

 Condiciones de la demanda

El segundo determinante genérico de la ventaja competitiva de un territorio en determinados sectores son las condiciones de la demanda interior para los productos y/o servicios de esos sectores. Su influencia puede venir dada por varios caminos: a) por su repercusión favorable en las economías de escala -competencia estática y características cuantitativas-; y b) por su repercusión en la conformación del ritmo y el carácter de la mejora e innovación por parte de las empresas de una nación -competencia dinámica y características cualitativas-. De estos dos grupos de características, es al segundo al que Porter da una mayor importancia. No obstante, la combinación de todos ellos representa las mayores garantías para el éxito competitivo.

 

 Sectores conexos y auxiliares

Según este modelo, el tercer determinante amplio de la ventaja competitiva de un territorio en determinados sectores es la presencia de sectores afines y auxiliares que sean competitivos. De esta forma, los proveedores y usuarios finales situados cerca unos de otros pueden sacar provecho de unas líneas de comunicación cortas, de un flujo de información rápida y constante y de un intercambio permanente de ideas e innovaciones. Sin embargo, la ventaja que proporciona esta cercanía no se dará en toda su magnitud si las empresas no la trabajan, y para que ello sea así se deberá crear, en la medida de lo posible, un clima idóneo que favorezca la cooperación y el intercambio entre estas empresas, pues ello contribuirá a mejorar la competitividad del territorio.

 

Estrategia, estructura y rivalidad de las empresas

Un cuarto grupo de factores identificados en este modelo hace referencia a la estrategia, estructura y rivalidad de las empresas localizadas en distintos territorios, pues, tanto las estrategias empresariales como la rivalidad y competencia entre empresas, son variables características de cada cúmulo que van a incidir, de forma significativa, en la competitividad de los mismos. Así pues, en este vértice del “diamante” localizamos el papel que ejercen las empresas en la competitividad del territorio donde se localizan -“efecto empresa”-, así como de los sectores donde compiten -“efecto industria” -. De esta forma, la teoría de los cúmulos debe entrar a formar parte de las evaluaciones competitivas, junto con el análisis de las empresas y de los sectores, lo cual representa un modelo integrador de las unidades empresa, sector y territorio para el análisis estratégico de la competencia.

Para Porter no existe un sistema de gestión universalmente apropiado, pues la competitividad en un sector concreto es consecuencia de la convergencia de los modos de dirección y organización prevalecientes en cada país y de las fuentes de ventaja competitiva de cada sector. De forma que la estrategia empresarial elegida por las empresas va a determinar, en parte, la competitividad de los territorios donde éstas se localizan. Esta estrategia empresarial va a venir marcada por los objetivos de los propietarios del capital, de los directivos y de los trabajadores, siendo estos diferentes en cada país.

Por otra parte, hay que hacer referencia a la rivalidad y grado de competencia existente entre las empresas ubicadas dentro del cúmulo. En este sentido, Porter afirma que entre los hallazgos empíricos más convincentes de su investigación cabe citar la asociación entre una enérgica rivalidad doméstica y la creación y persistencia de la ventaja competitiva en un sector. Esta rivalidad dentro de los cúmulos tiene una gran importancia, ya que las empresas localizadas en estos no pueden competir en costes, pues parten de similares stocks de recursos productivos, el apoyo gubernamental deberá ser el mismo, etc., por lo que su competencia va a estar más centrada en la innovación y la mejora continua, estrategia que es mucho más importante que la mera eficiencia estática.

 

 El papel de la casualidad

Este grupo de factores hace referencia a todos aquellos acontecimientos que frecuentemente están fuera del control de las empresas y de los gobiernos. Tales acontecimientos han impulsado en muchos territorios el éxito de determinados sectores. Entre los factores que se recogen en este grupo podemos destacar los actos de pura invención, las importantes discontinuidades tecnológicas, las discontinuidades en los costes de los insumos, cambios significativos en los mercados financieros mundiales, alzas insospechadas en la demanda mundial o regional, guerra, etc. Estos acontecimientos casuales son importantes porque pueden anular las ventajas de los competidores previamente consolidados y crear el potencial para que las empresas de una nueva nación puedan ocupar sus puestos para conseguir una ventaja competitiva en respuesta a nuevas y diferentes condiciones.

De todas formas, para Porter estos factores no son del todo casuales porque mientras que tales acontecimientos pueden potenciar cambios en la ventaja competitiva en un sector, los atributos nacionales desempeñan un importante papel respecto a qué nación los explota. En definitiva, podemos decir que las oportunidades se pueden presentar en varios territorios a la vez pero sólo serán exitosos y verdaderamente competitivos aquellos que sepan aprovechar esas oportunidades y reúnan las condiciones idóneas para ello.

 

 El papel del Gobierno

Históricamente el debate sobre el papel del gobierno para influir en la mejora económica de los territorios, en general, y en la capacidad de sus empresas para competir en particular, se ha centrado en dos extremos. En primer lugar se encuentran aquellas posiciones que sostienen que el gobierno debe intervenir para sostener e incrementar la capacidad competitiva, mientras que en el extremo opuesto nos encontramos la tesis que sostiene que la intervención del estado es nefasta para la competitividad, pues desarticula los mecanismos del mercado, reduciendo la motivación para innovar, por lo que la mejor opción sería aquella que deja el funcionamiento de la economía a la “mano invisible”.

Según Porter, el gobierno debe intervenir de forma indirecta en la competitividad de los territorios, ya que ésta va a venir dada por la influencia que pueda ejercer en cada uno de los cuatro vértices del “diamante”, pudiendo ser ésta positiva o negativa. El papel correcto del Estado es el de catalizador y estimulador. Es el de alentar a las empresas a que eleven sus aspiraciones y pasen a niveles más altos de competitividad. Las políticas que se centran en incidir en las ventajas en costes estáticas a corto plazo socavan y limitan la innovación y el dinamismo y representan el error más frecuente de la política económica sectorial del Estado.

El sector público puede influir en el vértice “condiciones de los factores”, por ejemplo,  con subvenciones, con la política educativa, con su política respecto a los mercados de capital, etc. Normalmente la intervención del sector público para mejorar la competitividad de los territorios y sus empresas ha seguido esta línea de actuación. Sin embargo, el papel del Gobierno al moldear las condiciones de la demanda local todavía es más sutil. Esta intervención del sector público sobre las condiciones de la demanda se lleva a cabo mediante actuaciones como el establecimiento de normas y reglamentos relacionados con los productos que delimitan las necesidades de los compradores o influyen sobre ellas, mediante la compra, por parte del propio sector público de bienes y servicios, etc.

El Gobierno también puede influir en los sectores de apoyo y relacionados mediante acciones tales como el control de los medios publicitarios y el establecimiento de normativas para los servicios de apoyo. Por último, el sector público también puede influir en la estrategia, estructura y rivalidad de las empresas, por medio de mecanismos como la regulación de los mercados de capitales, la política fiscal y la legislación antitrust.

Debe decirse que no solamente el Gobierno puede influir en los vértices del “diamante” sino que su política, a su vez, puede verse influida por los valores que tomen estos determinantes. Así, por ejemplo, las decisiones respecto al destino de las inversiones en educación, por ejemplo, se ven afectadas por el número de competidores locales. La gran demanda interior de un producto puede inducir a la temprana implantación de normas oficiales de seguridad.

 

Interrelaciones en el "diamante"

En definitiva, la ventaja competitiva de un territorio, así como de los sectores y empresas que se localizan en los mismos, no viene dada exclusivamente por las características de los determinantes del diamante, sino por la interacción autorreforzante de las ventajas en varias áreas, lo que crea un entorno que es difícil reproducir por los competidores extranjeros. De esta forma, los determinantes de la competitividad nacional constituyen un sistema complejo que interaccionan y evolucionan en el tiempo.

Por tanto, puede decirse que los factores que determinan la competitividad no constituyen piezas aisladas, sino que configuran un sistema de relaciones donde éstas son tan importantes como los propios determinantes considerados de forma aislada, si bien algunas interacciones son más fuertes e importantes que otras. En el gráfico 2 recogemos un esquema en el que se resume el sistema completo del “diamante” en el cual quedan reflejadas las múltiples relaciones entre los grupos de factores que lo integran, representadas éstas por las diferentes flechas en los dos sentidos.

 

    Gráfico 2 Modelo del “diamante” de competitividad de Porter.

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Fuente: Porter (1990).

 

Una vez analizado el concepto de competitividad desde los diferentes enfoques, prestando especial atención al enfoque territorial, en el siguiente apartado analizamos las interrelaciones entre este enfoque estratégico territorial y el desarrollo económico local.

 

III.3. SISTEMAS PRODUCTIVOS LOCALES Y DESARROLLO ECONÓMICO LOCAL

 

III.3.1. Concepto y características

Se pueden identificar dos criterios complementarios que posibilita establecer tipologías de sistemas de producción territoriales: a) la existencia o no de intercambio entre las empresas de un mismo territorio, que genera el predominio de una lógica territorial (empresas fuertemente integradas en el territorio) o de una lógica funcional (escasa articulación con el entorno); b) el tipo de relaciones dominantes, de sentido vertical/jerárquico, entre distintos establecimientos de una misma empresa o entre empresas de diferentes tamaños, u horizontal entre empresas similares que mantienen relaciones de competencia y colaboración.

Así, según este doble criterio, pueden diferenciarse cuatro tipo básicos de situaciones, las cuales, en unos casos, pueden caracterizar la actividad productiva de un territorio en su conjunto, mientras que en otros pueden superponerse varios de estos tipos sobre el mismo territorio, afectando a ramas de actividad diferentes. Estas situaciones son las siguientes:

  • Organización productiva horizontal, sin apenas intercambio con el entorno: este tipo de sistema territorial productivo está formado por empresas, tanto grandes como pequeñas, que actúan de manera independiente, generando muy pocos vínculos entre ellas pese a su proximidad, lo cual no favorece el aprendizaje interactivo ni la creación de recursos específicos al territorio, que tan sólo actúa como soporte de la actividad. Estas empresas se vinculan, sobre todo, con proveedores y clientes del exterior, lo que las hace muy dependientes en su evolución de circunstancias y decisiones ajenas al propio territorio.
  • Organización productiva vertical sin apenas intercambios con el entorno: en este tipo de organización predominan las grandes empresas-red, que internalizan la mayor parte de sus actividades, pero segmentándola a menudo entre diversos establecimientos especializados. Su vinculación a otras empresas localizadas en el territorio resulta muy restringida, generando muy escasos efectos multiplicadores y difusión de conocimientos sobre su entorno.
  • Organización productiva vertical y relaciones de intercambio con el territorio: se corresponde con la presencia de algunas grandes empresas integradas pero que a sus propias redes de relaciones internas añaden la formación de vínculos con otras empresas existentes en el entorno, hacia las que se externalizan tareas, lo que provoca un incremento de los flujos tangibles e intangibles, generalmente de tipo vertical-jerárquico (empresas auxiliares, subcontratadas, etc.). Esto supone un mayor dinamismo de conocimientos y tecnologías desde la gran empresa hacia el resto de empresas del territorio, incrementando su potencial. Sin embargo, a pesar de ello, se mantiene una fuerte dependencia de las decisiones estratégicas tomadas por las grandes firmas.
  • Organización productiva horizontal y relaciones de intercambio con el territorio: estamos ante sistemas territoriales de producción dominados por la presencia de PYMEs vinculadas a una o varias cadenas productivas, en donde se genera una compleja división del trabajo entre estas empresas sin una clara jerarquización, y que exige alterar la competencia con la cooperación, así como un cierto grado de confianza recíproca.

Pues bien, podría decirse que esta última tipología de organización productiva del territorio es la que más se corresponde con los denominados sistemas productivos locales. De tal forma que estas empresas del territorio integran un tipo especial de red que se caracteriza por tener un fuerte enraizamiento en el territorio y por unas relaciones entre las empresas en las que se combina la confianza y cooperación para competir.

Los sistemas productivos locales son complejos históricamente constituidos y organizados bajo una dinámica económica conjunta. De tal forma, que la ventaja competitiva de los sistemas productivos locales reside en la forma en que la pequeña empresa interactúa con el contexto local y, en particular, con el conocimiento y la experiencia productiva allí arraigados. En este sentido, un gran número de PYMEs estimula la continua innovación de producto, proceso y mercado, a partir de una base común de conocimiento disponible.

Uno de los rasgos más característicos de la noción de distrito es la organización del sistema productivo local. Así, tal y como se ha apuntado anteriormente, la organización de la producción se realiza mediante una red de pequeñas y medianas empresas, siendo el sistema de relaciones que se establecen entre ellas lo que hace que la organización de la producción sea eficiente y competitiva en ese territorio.

Esos sistemas productivos locales están especializados en un producto o gamas de productos afines y, a su vez, cada empresa lo está en determinadas fases del proceso productivo, lo cual propicia la formación de un sistema de intercambios múltiples que genera economías de escala en red. Esa proximidad física no sólo propicia la reducción de costes en los intercambios de productos sino también de información, lo cual estimula la difusión de conocimiento, generando economías externas de carácter tecnológico en las empresas que pertenecen al sistema productivo local.

En base a lo anterior, se puede identificar dos dimensiones en los sistemas productivos locales: a) una de carácter espacial, asociada con la localización de las empresas en un determinado territorio; y b) otra sectorial, que se manifiesta a través de las relaciones que se establecen entre las empresas en torno a una determinada rama industrial o a varias ramas industriales afines.

Los sistemas productivos locales son, pues los referentes territoriales o unidades en los que las economías de producción dentro de las empresas se funden con las economías externas locales, superando así el análisis según tipos de empresas, ya que lo importante es la interacción de las diversas economías locales.

La clave del mantenimiento en el mercado de los sistemas productivos locales a largo plazo no puede descansar sólo en los costos de producción, sino en los ajustes estructurales que permitan diferenciar las producciones locales, la incorporación de nuevas tecnologías, y los cambios organizativos que hagan más competitivas a las empresas locales. De tal forma, que la gestión del conocimiento se erige como el activo más importante para mejorar la competitividad de las empresas localizadas en estos sistemas productivos locales.

El fomento del capital social, es decir, el aprendizaje, el conocimiento y la innovación colectiva, en los sistemas productivos locales, se considera imprescindible a la hora de aumentar la competitividad de los mismos. Para ello, se hace necesario crear ambientes positivos, ya que en éstos se va generando un “capital social” constituido a partir de vinculaciones complejas que se manifiestan en el desarrollo de la confianza recíproca entre los agentes, lo cual facilita la reducción de la incertidumbre y la difusión de conocimientos tácitos y codificados.

En la economía clásica y neoclásica se habla de tres tipologías de capitales: tierra, trabajo y capital financiero. Posteriormente, comienza a hablarse de la importancia de la tecnología en el crecimiento económico, dando lugar al concepto de capital físico. Por último, se habla de la importancia que comienza a ejercer las capacidades del individuo en ese crecimiento, llegándose a hablar de capital humano, y, más recientemente, de la importancia que tienen los grupos de individuos, apareciendo el concepto de capital social.

Entre las múltiples definiciones que se le ha dado al concepto de capital social, se puede citar aquella que lo considera como el conjunto de normas, instituciones y organizaciones que promueven la confianza y la cooperación entre las personas, las comunidades y la sociedad en su conjunto. En este sentido, cabe señalar que el capital social está representado por cuatro dimensiones: a) los valores éticos de una sociedad; b) su capacidad de asociación; c) el grado de confianza entre sus miembros; y d) la conciencia cívica. De tal forma, que cuanto más capital se tiene, más crecimiento se produce a largo plazo, menos criminalidad existe, mayor es la salud pública y mejor la gobernabilidad.

En definitiva, y como conclusión al presente epígrafe, podemos decir que los sistemas productivos locales surgen en ámbitos específicos como consecuencia de una evolución en el tiempo de la cultura productiva a escala local, siguiendo las siguientes pautas:

  • Concentración de PYMEs en espacios restringidos.
  • Territorios que, en general, permanecen al margen del proceso fordista de manufacturas.
  • Expansión basada en economías externas a las empresas.
  • Economías internas al distrito, basadas en la experiencia en la cualificación profesional.
  • Intensa división del trabajo entre firmas con densas redes de relaciones materiales e intangibles, tales como: difusión de ideas e información e innovación sobre procesos y productos.
  • Especialización en alguna rama o sector de productos con una elevada elasticidad renta, ciclo de vida corto y mercado segmentado.
  • Coexistencia de relaciones de cooperación informales en las fases de comercialización, fabricación o investigación y desarrollo.
  • Existencia de un mercado de trabajo flexible, con tradición laboral.

 

III.3.2. Los sistemas productivos locales como estrategia de desarrollo económico local

En realidad, el enfoque del desarrollo económico local viene a destacar, fundamentalmente, los valores territoriales, de identidad, diversidad y flexibilidad que han existido en el pasado en las formas de producción no basadas tan sólo en la gran empresa, sino en las características generales y locales de un territorio determinado.

En este sentido, podemos relacionar los procesos de desarrollo local con las estrategias de fomento de los sistemas productivos locales, al ser estos entendidos como el conjunto de relaciones y eslabonamientos productivos, comerciales y de empleo relevantes que explican la eficiencia productiva y competitiva de la base económica de un determinado territorio.

No hay que olvidar que la unidad competitiva de análisis es la red de empresas y el territorio donde se encuentra dicha red o tejido empresarial. De tal forma, que lo importante no es el tamaño, sino el grado de articulación de las empresas en torno a un agrupamiento significativo y organizativo sectorial y territorialmente.

Así pues, tal y como se ha apuntado anteriormente, la teoría de organización industrial marshalliana, de finales del siglo XIX, y su concepto de organización, ofrecen una clave teórica fundamental para el enfoque del desarrollo económico local, al reincorporar el territorio como unidad de análisis.

Este enfoque de la organización industrial es un planteamiento estructural o sistémico, ya que no es posible considerar una parte aislada de un sistema, ignorando las relaciones de interdependencia que existe entre ella y el todo al que está integrada. La organización no es únicamente capacidad empresarial sino interdependencia dentro de la empresa, entre la empresa y el resto del agrupamiento de empresas del que forma parte, y con el territorio donde se encuentra el sistema local de empresas.

En este sentido, y sobre todo en un entorno globalizado y cada vez más competitivo, no compite la empresa aislada, sino la red y el territorio. Por tanto, las economías alcanzadas en la producción no son únicamente las economías internas a la empresa individualmente considerada sino que existen también las “economías externas generales” (del agrupamiento de empresas del que forma parte) y las “economías externas locales”, correspondientes al territorio concreto donde se sitúan las empresas.

Los sistemas productivos locales son, por tanto, los referentes territoriales o unidades en los que las economías de producción dentro de las empresas se funden con las economías externas locales, superando así el análisis según tipos de empresas, ya que lo importante es la interacción de las diversas economías locales.

Por tanto, para el fomento del desarrollo económico local y de los sistemas productivos locales, junto a las relaciones económicas y técnicas de producción resultan esenciales las relaciones sociales y el fomento de la cultura emprendedora, la formación de redes asociativas entre actores locales y la construcción de lo que hoy denominamos “capital social”.

El entorno contribuye a provocar el dinamismo socioeconómico y, en la lógica global de las redes, permite comportarse a determinados espacios como ganadores o emergentes. Sin embargo, dicho dinamismo no impide que en muchos de estos espacios se hagan presentes graves contradicciones y problemas, tanto de índole social como medioambiental y territorial.

En este sentido, la forma en que los distintos ámbitos utilizan sus recursos patrimoniales es determinante para poder considerarlos o no territorios innovadores o territorios inteligentes, entendiendo como tales aquellos que son capaces de crear unas condiciones favorables a la innovación y al aprendizaje colectivo que les permite poner en valor de una forma racional sus propios bienes, contribuyendo con ello a potenciar procesos de desarrollo territorial. Es la construcción de lo que, anteriormente, se ha denominado “capital social”.

Así pues, es la capacidad de individuos, empresas y territorios para aprender y adaptarse ante circunstancias rápidamente cambiantes lo que determina su capacidad para competir en esta economía global.

Dada la naturaleza social del aprendizaje y la innovación, estos procesos funcionan mejor cuando los actores implicados se encuentran cerca entre sí, lo cual permite una interacción frecuente, así como un intercambio de información fácil y eficaz.

El conjunto de instituciones de carácter territorial que contribuyen al proceso de innovación conforma, pues, un sistema territorial de innovación, el cual consta de instituciones, tanto públicas como privadas, que producen efectos sistémicos que estimulan a las empresas locales a adoptar normas, expectativas, valores, actitudes y prácticas comunes y, en suma, una cultura de innovación que es reforzada por los procesos de aprendizaje antes señalados. Entre las instituciones implicadas en los sistemas territoriales de innovación hay que citar los relacionados con las infraestructuras de I+D (universidades, escuelas técnicas, laboratorios, entre otras), los centros de transferencia tecnológica y de análisis de mercado que prestan servicios a empresas, las entidades territoriales de capacitación de recursos humanos, asociaciones empresariales y cámaras de comercio.

Un sistema territorial de innovación es, pues, una red interactiva compuesta por empresas de distintos tamaños integradas en un “cluster” o agrupamiento sectorial de empresas, la relaciones entre dichas empresas dentro del “cluster”, las instituciones de educación superior e investigación vinculadas al sector productivo, los laboratorios de I+D y los centros o agencias de transformación de tecnología, las cámaras y asociaciones empresariales, los centros de capacitación de los recursos humanos y agencias gubernamentales.

Este enfoque de los sistemas territoriales de innovación resalta, por tanto, la influencia territorial de los mismos, es decir, la relevancia de los aspectos institucionales, sociales, políticos y culturales que están presentes en las actividades económicas y laborales. Así pues, si bien el proceso de globalización plantea nuevos retos a los diferentes territorios, regiones y localidades, simultáneamente crea un espacio de nuevas oportunidades, las cuales obligan a incorporar una capacidad endógena de aprendizaje e innovación.

En este sentido, los sistemas productivos locales con presencia mayoritaria de pequeñas empresas pueden abordar también, a través de la cooperación territorial de actores, una actividad decisiva para la introducción de innovaciones.

Así pues, en el enfoque de la competitividad sistémica territorial las empresas no compiten aisladamente sino que ello depende también del grado de cooperación empresarial en las respectivas cadenas productivas, así como del entorno territorial respectivo. De este modo, la estrategia territorial de cooperación de actores y construcción de condiciones socio-institucionales para el desarrollo local debe ser capaz de identificar las oportunidades productivas futuras, así como las capacidades requeridas para ello por parte de los recursos humanos.

En definitiva, se considera necesaria la delimitación geográfica del los sistemas productivos locales a la hora de promover estrategias que contribuyan a poner en marcha verdaderos procesos de desarrollo local. Si bien, esta delimitación no tiene porqué coincidir con un ámbito municipal, tratándose, en todo caso, de delimitaciones abiertas, ya que pueden variar a lo largo del tiempo por los cambios operados en el ámbito productivo.

 

III.4. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

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